La Construcción de Una Nueva Confianza Colectiva en la Argentina
Autor: Dr. Sergio David Rulicki
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Una Sociedad no se reconstruye solamente a partir del crecimiento económico, el equilibrio fiscal, la sanción de nuevas leyes o el reemplazo de sus autoridades. Para construir un sentido permanente de Confianza, una sociedad necesita una imagen positiva de sí misma en la que pueda creer.
La Mentalidad Argentina (con mayúscula, a propósito) necesita volver a percibirse a sí misma como portadora de la capacidad de producir algo valioso, estable y duradero. Necesita que los resultados obtenidos con esfuerzo no sean inmediatamente destruidos por la improvisación, el oportunismo o la corrupción.
En este proceso puede cumplir una función decisiva el ORGULLO VICARIO, la emoción que experimentamos cuando el logro de una persona que admiramos o de un grupo al que sentimos pertenecer eleva transitoriamente nuestra propia valoración y autoestima.
La Selección Nacional llega a la final de un campeonato mundial por segunda vez consecutiva y aunque esta vez el resultado fue adverso, no se debió a la falta de entrega. Por eso millones de personas dicen: “Igual ganamos”.
Un grupo de deportistas alcanza un altísimo rendimiento, o un científico argentino realiza un descubrimiento original y sentimos que, de algún modo, esa consagración también habla de todos y cada uno de nosotros. No pateamos la pelota, no realizamos los experimentos ni escribimos el trabajo premiado. Sin embargo, la pertenencia simbólica nos permite participar emocionalmente de la victoria, a eso llamamos Orgullo Vicario.
Pero el Orgullo Vicario no debe confundirse con el Orgullo por Logro, que es aquel que obtenemos por nuestros propios méritos.
En el primero, el éxito del otro mejora la imagen que el individuo tiene de sí mismo: “Soy parte de la identidad de un grupo ganador al cual aliento”. En el segundo aparece el sujeto individual integrado al proceso productivo colectivo: “El logro obtenido es fruto de mis propias acciones que además benefician al resto”.
La transición entre ambas emociones es fundamental. El Orgullo Vicario puede ser narcisista, pasivo y efímero. El orgullo por logro propio como miembro de un colectivo puede convertirse en cohesión, responsabilidad y capacidad de producir resultados.
LA ARGENTINA OSCILANTE: ENTRE LA GRANDIOSIDAD Y LA DESMORALIZACIÓN
La Mentalidad Argentina ha oscilado históricamente entre dos auto-representaciones extremas. En una somos un país excepcional: poseemos los mejores recursos, el mayor talento, una creatividad inagotable y una superioridad que el mundo reconoce. En la otra somos una sociedad condenada al fracaso: un país incorregible, habitado por personas incapaces de cooperar, respetar reglas o sostener cualquier proyecto a largo plazo.
La grandiosidad interpreta todo éxito como confirmación de una esencia superior. La desmoralización interpreta cada fracaso como prueba de una incapacidad esencial. La primera representación puede producir arrogancia. La segunda conduce a la resignación. Ambas impiden aprender.
La Mentalidad Argentina necesita salir de esa alternancia entre impotencia y omnipotencia. Para hacerlo requiere una tercera posición: la de la Autoestima basada en evidencia de superación individual y colectiva en todos los estratos de la sociedad.
Tenemos que dejar de decirnos que somos extraordinarios o que estamos condenados al fracaso, para así volvernos capaces de alcanzar logros mediante la combinación del esfuerzo focalizado, la cooperación, la persistencia, el liderazgo altruista y las reglas honestas.
EL MUNDIAL COMO RITUAL DE RESTITUCIÓN DEL SENTIDO DE SER “NOSOTROS”
Durante el Mundial de Fútbol, millones de argentinos realizamos simultáneamente los mismos gestos: vestimos los mismos colores, cantamos las mismas canciones, pronunciamos los mismos nombres y experimentamos al mismo tiempo miedo, alivio, indignación, esperanza y alegría.
Se produce entonces una sincronización emocional que suspende provisoriamente las divisiones políticas, económicas, generacionales y regionales.
El Mundial funciona como un gigantesco ritual de integración social. La camiseta establece una igualdad simbólica momentánea: el empresario y el desocupado, el porteño y el jujeño, el votante de un partido y el votante de su adversario quedan incluidos dentro de una misma primera persona del plural: Nosotros.
Aunque ese efecto suele ser breve, los resultados deportivos afectan el bienestar de la sociedad en su conjunto. Ganar un campeonato no resuelve las fracturas sociales. Significa algo más modesto: durante cierto tiempo, la victoria hace emocionalmente imaginable el pertenecer a una comunidad que trasciende las parcialidades.
La multitud que celebra no constituye una ciudadanía que ha superado sus traumas culturales. Pero contiene una experiencia previa indispensable: la comprobación de que “el nosotros existe”.
LA IMPORTANCIA CULTURAL DE COMPETIR NO RESIDE EN OBTENER UNA COPA
¿Qué hizo posible que Argentina llegara a la Final? En el desempeño extraordinario de la Selección Nacional en este Mundial 2026, tal cual la población en general siente, según reflejan los medios, aparecen elementos que apoyan la hipótesis de que la Mentalidad Argentina se encuentra ante la posibilidad de un cambio histórico.
Por primera vez el comentario social reconoce que esta Selección está basada en capacidades meritocráticas y no en favoritismos, que se han sometido a una preparación prolongada y que posee un liderazgo aceptado como legítimo.
En otras palabras, el éxito deportivo puede demostrar que los argentinos somos capaces de practicar, bajo ciertas condiciones, muchas de las conductas que solemos declarar imposibles en nuestra vida institucional.
Allí se encuentra el aprendizaje transferible. El fútbol no debe presentarse como una excepción milagrosa, sino como evidencia de una capacidad que todavía no hemos logrado generalizar.
LA FÓRMULA DE LOS TRES TERCIOS®: LA JERARQUÍA AL SERVICIO DEL EQUIPO
La Fórmula de los Tres Tercios (F3/3)® permite observar con precisión una de las condiciones del éxito de la Selección Argentina: la forma en que el grupo administra el Estatus Comunicacional.
Antes de que cualquier persona comunique una idea, ya ha expresado —y los demás han inferido— si se coloca por Encima, a la Par o por Debajo de su interlocutor. Estas tres posiciones no son buenas ni malas en sí mismas.
Un modelo funcional necesita que alguien ocupe el Tercio Superior para asumir responsabilidades de conducción; necesita el Tercio Par para cooperar, deliberar y corregir; y necesita el Tercio Inferior para aprender, aceptar una indicación, ponerse al servicio o reconocer una superioridad legítima.
La patología comienza cuando un Estatus Comunicacional se vuelve abusivo o independiente de la competencia y de las circunstancias.
El liderazgo de Lionel Scaloni puede comprenderse como una administración dinámica de las tres posiciones de la Comparación Comunicacional del Estatus. Scaloni ocupa la Posición Superior cuando selecciona jugadores, define una estrategia, distribuye funciones, realiza cambios o comunica una decisión que por su naturaleza no puede quedar sometida a votación.
Pero su autoridad no se presenta como superioridad personal absoluta. Está respaldada por una función, por resultados verificables y por la percepción de que sus decisiones buscan el mejor funcionamiento posible del equipo, antes que la exhibición de su propio poder. La jerarquía se vuelve legítima cuando quien manda no utiliza el mando para engrandecerse, sino para hacerse responsable de las consecuencias.
Al mismo tiempo, Scaloni desciende voluntariamente a la Posición de Paridad cuando escucha a sus colaboradores, interpreta el estado emocional de los jugadores, conversa con ellos y admite que el conocimiento relevante se encuentra distribuido entre todos. El llamado “cuerpo técnico” no aparece como una corte que confirma las intuiciones de un jefe infalible, sino como una estructura de inteligencia colectiva.
La cercanía generacional, la experiencia compartida como futbolistas y una tradición formativa vinculada con José Pekerman favorecieron una conducción que combina preparación analítica con comprensión humana. El líder conserva la decisión final, pero no monopoliza la interpretación de la realidad.
También sabe ocupar la Posición Inferior en su sentido funcional: cuando reconoce que depende de los jugadores, atribuye a ellos el mérito principal, acepta que un rival fue superior o admite que una decisión suya resultó equivocada.
Después de la Final perdida ante España, Scaloni no recurrió a una explicación conspirativa ni intentó proteger su autoridad mediante la negación: reconoció la superioridad del adversario y agradeció a sus futbolistas por el esfuerzo realizado.
Esta capacidad constituye una forma elevada de liderazgo. Quien no puede reconocer una realidad desfavorable termina subordinándose a la defensa de su propio narcisismo, que de por sí ya es una lucha perdida.
Lionel Messi encarna una configuración diferente y complementaria. Por trayectoria, talento, reconocimiento mundial y condición de capitán, ocupa inevitablemente la Posición Superior Simbólica, que es la jerarquía más importante. No necesita imponerla, los demás se lo atribuyen naturalmente.
La singularidad del caso reside en que esa asimetría no se ha convertido en un modelo de privilegios y perdones, como sí ocurrió con Diego Maradona. Su liderazgo ha sido descripto repetidamente a través de sus gestos de inclusión, reconocimiento de sus compañeros, cercanía con los más jóvenes y agradecimiento al cuerpo técnico.
Messi no reduce la distancia que produce su excelencia fingiendo que todos poseen la misma capacidad futbolística; la reduce mostrando que la superioridad de función o de talento no autoriza a tratar a los demás como inferiores.
En los momentos decisivos, Messi se ubica en la Posición Superior para asumir la exposición, reclamar, hablar como capitán y encarnar la expectativa colectiva. Pero también se mantiene a la Par en la convivencia y acepta colocarse funcionalmente por Debajo cuando una decisión táctica, una sustitución o una necesidad del equipo así lo requieren.
Esta actitud es decisiva: la verdadera humildad no consiste en negar la propia jerarquía, sino en impedir que esa jerarquía se transforme en una exención respecto de las reglas comunes.
La conducta general del plantel ofrece otras expresiones de la Fórmula de los Tres Tercios®. Futbolistas de enorme prestigio aceptan alternar titularidad y suplencia; quienes no juegan sostienen el entrenamiento y la preparación de quienes sí lo hacen; los veteranos transmiten experiencia sin bloquear la incorporación de los jóvenes; y los jóvenes reconocen su autoridad sin quedar reducidos a una obediencia pasiva.
Durante el Mundial 2026, prácticamente todos los jugadores de campo recibieron minutos. En la remontada ante Egipto, un jugador se ofreció a cubrir la posición de Cristian Romero para que el defensor, aun con dificultades físicas, pudiera permanecer en ataque y convertir. La cooperación aparece allí como una microcirculación constante del Estatus: uno conduce, otro cubre, otro obedece, otro corrige y todos pueden cambiar de lugar según lo que exige la jugada.
Esto permite precisar qué clase de meritocracia parece estar aprendiendo a valorar la sociedad argentina cuando admira a esta Selección. No se trata de una jerarquía rígida en la que el superior acumula prerrogativas y el inferior pierde dignidad. Se trata de una jerarquía funcional en la que las diferencias de capacidad y responsabilidad son reconocidas, pero permanecen subordinadas al objetivo común.
LOS PELIGROS DEL ORGULLO VICARIO
El Orgullo Vicario no siempre es virtuoso. Puede degenerar en soberbia, hostilidad hacia otros grupos, culto al líder o negación de los propios defectos. Por eso, la Antropología de las Emociones distingue entre el orgullo grupal legitimado por el comportamiento general de una población, y cualquier forma de arrogancia colectiva que convierte la pertenencia a un grupo en presunta superioridad.
El Orgullo Vicario también puede ser utilizado como distracción. El poder político puede apropiarse de una victoria deportiva para intentar transferir hacia sí mismo un prestigio inmerecido. La utilización política del Mundial de 1978 por parte de la Dictadura Militar constituye el ejemplo histórico más evidente de esa captura: el acontecimiento deportivo fue incorporado al proyecto comunicacional del régimen.
Por otro lado, la euforia, abandonada a sí misma, se extingue. Después de una exaltación intensa puede producirse una caída emocional que refuerza el pesimismo anterior. Por eso, el Orgullo Vicario debe ser tratado como una ventana de plasticidad cultural. Durante un breve período, la sociedad está más dispuesta a creer en sí misma.
LA LECCIÓN
La lección transferible para la Argentina no es, por lo tanto, que debamos abolir las jerarquías, para que todos podamos ocupar permanentemente una igualdad ficticia, sino que, si nos lo proponemos y persistimos en el esfuerzo, podemos construir grupos en las que la autoridad no humille, la paridad no se convierta en anarquía y la subordinación funcional no degenere en servilismo.
La Selección ha mostrado con sus logros que un grupo puede distribuir prestigio, responsabilidad, escucha y sacrificio de una manera productiva. La esperanza necesita pruebas, y una de ellas es comprobar que los argentinos podemos relacionarnos dentro de una jerarquía legítima, móvil y orientada hacia un propósito compartido.
Una sociedad traumatizada corre el riesgo de definir su identidad únicamente a partir de aquello que padeció. El pasado deja entonces de ser una parte de la memoria y se convierte en la explicación total del presente. La comunidad ya no dice “esto es lo que nos pasó”, sino “esto es lo que somos”. Superar un trauma colectivo no significa olvidarlo ni reemplazarlo por una narración optimista. Significa impedir que el trauma conserve el monopolio sobre la identidad.
Un pueblo necesita recordar a sus víctimas, sus errores y sus traiciones. Pero también necesita recordar sus descubrimientos, sus actos de coraje, sus creaciones y sus victorias. De lo contrario, la memoria se transforma en una pedagogía de la impotencia.
La Argentina ha acumulado experiencias de violencia política, inestabilidad económica, ruptura de contratos, degradación institucional y pérdida de confianza. La fragilidad de la confianza pública no es exclusivamente argentina, forma parte de un problema más amplio que abarca el mundo entero.
El orgullo colectivo puede incorporar una nueva proposición a la mentalidad nacional: no somos únicamente lo que nos hicieron ni lo que destruimos; también somos aquello que podemos crear juntos.
Esta ampliación narrativa es fundamental para el renacimiento de la Esperanza. La Esperanza madura que no niega el pasado sino que lo ubica dentro de una historia más extensa, en la que la reparación y la transformación vuelven a ser posibles.
DE LA GLORIA REFLEJADA A LA RESPONSABILIDAD ASUMIDA
La función política más profunda del Orgullo Vicario comienza cuando dejamos de decir solamente “ellos nos representan” y empezamos a preguntarnos “qué nos exige aquello que representan”.
Si admiramos a un equipo por su disciplina, no podemos glorificar simultáneamente la improvisación. Si veneramos a un capitán porque asume responsabilidades, no podemos premiar a funcionarios corruptos o ineficientes que culpan sistemáticamente a otros. La admiración contiene una norma implícita. Expresa no solamente quién nos gusta, sino qué clase de conducta consideramos valiosa.
El logro de “uno de los nuestros” no nos concede únicamente prestigio: nos impone una obligación. Nos obliga a elevar el estándar con el que evaluamos a quienes conducen nuestras organizaciones.
La expresión “uno de los nuestros” no debería designar a quien pertenece a nuestro partido, familia, corporación o facción. Debería designar a quien protege el patrimonio común, dice la verdad, cumple su función y acepta ser evaluado.
Esa sería la transformación de una referencia tribal primaria en una identidad cívica. La tribu democrática no se funda en la sangre ni en la obediencia al jefe. Se funda en una lealtad compartida hacia ciertas reglas de cooperación.
UNA PATRIA CREÍBLE
La Reconstrucción Argentina no exige inventar una identidad nueva. Exige seleccionar, organizar y jerarquizar capacidades que ya han sido demostradas. Tenemos evidencia de excelencia deportiva, científica, artística, tecnológica y humanitaria.
El problema no es la inexistencia de capacidades, sino su fragmentación. Producimos individuos y equipos extraordinarios dentro de sistemas que frecuentemente no consiguen aprender de ellos.
El Orgullo Vicario puede ser el punto de partida para reparar esa fractura, siempre que deje de ser consumo emocional de la gloria ajena y se transforme en comprensión de las condiciones que producen el logro.
No deberíamos celebrar solamente que un argentino triunfó. Deberíamos preguntarnos qué procedimientos respetó, qué dificultades enfrentó, qué vínculos construyó, qué verdad estuvo dispuesto a reconocer y qué parte de su interés personal subordinó a una finalidad superior.
El verdadero Renacimiento de la Esperanza Argentina comenzará cuando cada triunfo compartido deje una capacidad cultural instalada. Entonces el campeonato no será solamente una estrella sobre una camiseta. El Premio Nobel no será solamente el nombre de un argentino pronunciado en Estocolmo.
Ambos son pruebas de que la cooperación es posible, de que la excelencia no nos es ajena y de que el fracaso no constituye nuestro destino. Una patria creíble no es aquella que se declara grandiosa. Es aquella que puede mostrar las razones por las que merece confiar en sí misma.